Versión Kindle (2017) de Cornerstone Digital. Autor: Amor Towles

Querido Conde Rostov. Después de pasar un par de semanas contigo, no he podido evitar cogerte cariño. Ha sido una experiencia deliciosa. Eres todo un clásico.

Me has hecho recuperar el gusto por el ritual. He sacado los cubiertos antiguos, los platos de flores y he vuelto a comer como una señora (cosa que no estoy segura de haberlo hecho nunca) He rebuscado en mis tradiciones familiares para crearme un mundo a tu semejanza. Al menos durante estas semanas.

Describes una época en la que lo más importante era ser un Señor, pero ¿qué es ser un Señor? En la época que describes, había señores y vasallos. Los señores hacían, disponían y ordenaban, los vasallos cumplían y pagaban tributo, supuestamente a cambio de beneficios que otorgaba su señor. Sin embargo, como todo esquema de poder que se perpetúa durante demasiado tiempo de forma incuestionable, acaba corrompiéndose, y al final la sociedad estalla.

La Revolución Rusa te sacó de tu sitio, pero nunca de tus casillas, eso sería muy grosero.

La Revolución, te permitió vivir en una especial situación dentro de una “reserva para aristócratas”, un hotel. Un lugar de mundo, cosmopolita. Desde mi punto de vista, la primera globalización, antes de la globalización. Todo gran señor antes de la Revolución Rusa, debía mantener unas costumbres y gustos que se reconocían en cualquier otra parte del mundo, dentro de ese submundo aristocrático. Submundo que pronto pasó a ser un mundo de “señores” ya que los títulos nobiliarios iban cayendo en desuso. Los señores viajaban de un lugar a otro para conocer mundo, pero sabiendo que en algún punto del vasto planeta habría un lugar para ellos: los hoteles de lujo. Un lugar donde los señores se reconocían, y daban lecciones de buen gusto y bienestar a los profanos. Incluso, en tu caso, a los altos mandos de la Revolución Rusa. Un lugar donde, aunque trabajaras de camarero, puedes seguir siendo un señor.

Lo que defiendes en tus memorias, es que un Gran Señor, es una persona de mundo, abierta, que lo mismo deslumbra con su fina ironía en un gran salón, que se sube al tejado para hablar con el deshollinador.

Utilizas la educación por encima de todo, una conversación fácil, amena y divertida, trabajada fiesta tras fiesta, que desarma y deslumbra a los plúmbeos bolcheviques de la época, aplastados bajo el peso de la revolución y la tragedia.

Dando clases de fortaleza y el humor como medio de supervivencia. Un humor mezcla de Oscar Wilde y Woodhouse, sin perder el transfondo histórico ni la capacidad de análisis y una enorme humanidad. Todo un ejemplo de resiliencia.

Y demuestras cómo, conservar, en medio del drama, alguna pequeña costumbre frívola te alegra el corazón en medio de la opresión y la seriedad vital y remontas situaciones muy difíciles.

Creo que todo lo que cuentas es cierto y seguro que en algún lugar pasaría algo similar. Sin embargo, también dejas claro, que esa clase, ese saber estar, no es propio de una clase social, sino de un buen ser humano. Al final el canalla, es un canalla independientemente de dónde haya nacido, y su penitencia es saber apreciar y envidiar como nadie la grandeza de un gran ser humano.

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